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La Nación5 min de lectura

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El domingo 25 de octubre, los mercados financieros se vieron sorprendidos por la reelección del presidente Lula. Al día siguiente, el real se depreció un 9% frente al dólar y el riesgo país de Brasil subió un 13% (22 puntos básicos). Esa misma jornada, el peso argentino sufrió una depreciación marginal, mientras que el riesgo país local aumentó un 9% (64 puntos básicos).
Los cambios en la economía brasileña impactan de forma directa en la Argentina. Muchos recordarán que la depreciación del real entre 1999 y 2001 influyó decisivamente en el final de la convertibilidad. En ese período, el tipo de cambio real bilateral de Brasil con el dólar se depreció un 64%. Debido al régimen cambiario rígido de la Argentina, este fenómeno profundizó las tendencias deflacionarias necesarias para que el tipo de cambio real local amortiguara el impacto. Estos ajustes suelen ser costosos: como los agentes económicos no reducen precios y salarios de forma instantánea, se genera recesión y desempleo, a lo que se suma el aumento del valor real de las deudas de las familias y de las empresas.
En 2002, cuando Lula accedió a su primera presidencia, la moneda brasileña perdió una parte importante de su valor. Entre fines de abril y fines de octubre de ese año, el real se depreció casi un 60% y el riesgo país aumentó cerca de 1000 puntos básicos, superando la barrera de los 1800. Sin embargo, bastó que el presidente electo confirmara semanas después que mantendría la política fiscal prudente de su antecesor y que no aplicaría reformas populistas para que la economía volviera a la normalidad. Hacia fines de abril de 2003, el real se había apreciado un 23% respecto a su nivel de octubre y el riesgo país había retrocedido nuevamente a los 800 puntos básicos. Esta volatilidad no se repitió en su reelección de 2006 ni en su posterior regreso al poder en 2023.
¿Por qué surgen dudas ahora? Existe un amplio consenso entre los analistas de que Brasil necesita sanear sus cuentas públicas. Con un déficit cercano al 10% del PBI —explicado en su mayoría por la carga de intereses pero también por un déficit primario que se vuelve más importante cuando se incluyen gastos extrapresupuestarios— y una deuda pública que se aproxima al 90% del PBI, el margen de maniobra es mínimo. Sin embargo, durante la campaña el presidente incrementó el gasto y prometió nuevas expansiones a futuro. La pregunta clave es si estará dispuesto a pagar el costo político necesario para blindar la estabilidad macroeconómica y apuntalar el modesto crecimiento del país.
En cualquier caso, una elección muy polarizada no afectó tanto a la economía ni al riesgo país. Parecería que Brasil ha podido dejar de lado las propuestas extravagantes de algunos políticos de peso de nuestro país. No se habla de restructurar la deuda pública, ni de violar contratos, ni de estatizar todo y mucho menos de utilizar la emisión del Banco Central para financiar al fisco.
Para la Argentina, el régimen cambiario actual ofrece una ventaja: permite moderar el impacto de una devaluación del real mediante el deslizamiento del peso. Una cosa es que el Gobierno intervenga para reducir la volatilidad de ese proceso; otra muy diferente es que intente evitarlo, profundizando el sesgo contractivo de la política monetaria.
Extracto. El contenido pertenece a La Nación.



Economía · iProfesional

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