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Hay una palabra que el Gobierno pronuncia con devoción de mantra y que los hombres de finanzas, por deformación profesional, leen al revés; “cubierto”. El programa financiero de 2027, informa el Ministerio de Economía, está íntegramente cubierto; necesidades por 24.900 millones de dólares, fuentes por 24.900 millones. Un Excel sin una sola celda en rojo.
Mientras tanto, el 9 de enero vencen 4.378 millones de dólares de Bonares y Globales y, según la consultora 1816 citada por Bloomberg Línea, los depósitos en dólares del Tesoro rondaban días atrás los 981 millones. Cubierto, sí; como quien sale a la tormenta con un paraguas dibujado en la planilla.
En el dialecto de la tribu, además, cubrirse significa comprar protección. Es lo que hace el mercado cuando paga un seguro contra el default soberano. El Gobierno declara estar cubierto; los operadores se cubren del Gobierno. Un mismo verbo, dos mundos y ninguna sábana que alcance para ambos.
Este artículo, no anuncia un default; mide la distancia entre una cobertura contable y una cobertura de caja. Para el discurso es una sutileza; para el calendario, una cuestión de supervivencia.
Hyman Minsky clasificó a los deudores según la relación entre sus flujos y sus compromisos. En el financiamiento cubierto (hedge, en su inglés), los ingresos alcanzan para pagar intereses y capital. En el especulativo, alcanzan para los intereses, pero el capital debe refinanciarse. En el Ponzi, ni los intereses se pagan sin endeudarse más.
Ahora lea la doctrina oficial del programa; la deuda nueva se emite para refinanciar capital y los intereses se pagan con superávit. Es, palabra por palabra, la definición minskyana de financiamiento especulativo. Nadie debería ofenderse. Aquí “especulativo” es una categoría técnica, no un insulto. Lo notable es que un Gobierno que hizo de la prudencia su catecismo exhiba como blindaje una estructura que, según el maestro de la inestabilidad financiera, funciona únicamente mientras alguien atienda el teléfono.
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Finanzas · Página/12
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