Los políticos tradicionales prometen soluciones fáciles justamente porque son populares, pero el paraíso de un día para el otro no existe y esa promesa siempre termina costando demasiado. Por ejemplo, cuando Satanás tentó a Jesús, hambriento en el desierto, le sugirió que convirtiera las piedras en pan. De aceptar, Jesús habría saciado su hambre, pero al mismo tiempo habría usado su poder por fuera de la voluntad de Dios. El demonio posteriormente le ofreció todos los reinos de la Tierra a cambio de que se arrodillara ante él, a lo que Jesús nuevamente se negó. De esta manera, vemos cómo el maligno ofrece siempre gratificaciones instantáneas, poder y lujos, pero esto siempre tiene un precio, que es la pérdida del alma, porque apartarse del camino de la justicia es apartarse del sendero que nos lleva a Dios.
Y claramente digo, Jesús esto lo plantea en términos retóricos y de manera abierta cuando dice: «¿Qué aprovechará el hombre si ganase todo el mundo y perdiere su alma?». Vaya pregunta y reflexión, ¿eh?
La política tradicional funciona de una manera similar: le ofrece a la gente un bienestar casi siempre transitorio y aparente a cambio de romper con sus valores. Les prometen bienestar a cambio de mirar para otro lado mientras se degradan las reglas que nos cuidan a todos. Esa es la gran trampa de la política y ese es el principio opuesto a la moral como política de Estado. Años y años de este tipo de promesas han resultado en un siglo de decadencia. Durante este período, la política se dedicó a acumular poder, prometiendo el cielo en la Tierra, dejando a su paso corrupción moral y miseria material. Este es el legado que hemos venido a revertir de una vez y para siempre.
Por eso, vale la pena analizar por qué tantas veces los seres humanos caemos en las redes del populismo, es decir, debemos preguntarnos por qué el camino que lleva a la perdición es ancho y recorrido por tantos de nosotros. Sucede que los humanos anhelamos esa inocencia perdida tras la caída y ansiamos recuperarla muchas veces a cualquier precio. Queremos, de forma genuina, volver a ese paraíso que la transgresión nos robó. Es precisamente de esa esperanza que se alimentan las promesas más peligrosas de la política.
En términos económicos, el paraíso era un mundo donde el hombre trabajaba en condiciones perfectas, con dotaciones absolutas, y tenía dominio sobre todas las bestias de la tierra. La vida era eterna, había plena certidumbre y no había escasez. Debido a todo esto, no había tal cosa como preferencia temporal, es decir, la diferencia de valor entre el presente y el futuro tenía cero. Así que el valor de la tasa de interés, es decir, el valor del tiempo, era cero en el paraíso. Las condiciones eran invariables y, por lo tanto, un bien en un determinado momento valía prácticamente lo mismo que ese mismo bien en cualquier punto del futuro.
Supongamos que necesitamos un martillo para poder trabajar. No me da lo mismo comprarlo hoy que comprarlo en un año, por lo que su valor presente es mucho más alto. En cambio, si tuviera infinitos martillos a mi alcance, me daría igual cuándo tomar uno. Eso fue al menos hasta la caída, producto del pecado. Adán y Eva son expulsados y allí nace para la humanidad la incertidumbre, el sufrimiento y la muerte, tal cual como lo expresa el Génesis: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado, pues polvo eres y al polvo volverás».
Volviendo al punto anterior, con la incertidumbre, el tiempo pasa a tener un valor y con eso nace el concepto de preferencia temporal, es decir, el valor del presente en relación al futuro. A mayor preferencia temporal, mayor valor del presente sobre el futuro y viceversa. De esta manera, si en el paraíso el valor del tiempo era cero, en nuestro mundo varía dependiendo de las condiciones de una sociedad dada. A mayores certezas políticas y económicas y a mayor profundidad del mercado, el precio del tiempo cae. Cuando sucede lo contrario, el precio del tiempo sube radicalmente y esto es precisamente lo que sucede con la tasa de interés: en aquellas sociedades más inestables tiende a ser mayor, mientras que donde hay paz y equilibrio tiende a disminuir.