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Discurso del Presidente Javier Milei en la inauguración del nuevo auditorio de la Iglesia Evangélica Bautista Jesús es Rey, en Neuquén
Buenas tardes, buenas tardes a todos. Necesito un poquito más de luz porque no veo, en serio. Gracias. No, por favor, muchas gracias a todos.
Buenas tardes a todos. Estamos en una casa que tiene casi 90 años de historia, la iglesia evangélica más antigua de Neuquén, que desde su fundación se dedicó a evangelizar, a las misiones y a la acción social.
De esta misma comunidad, nacieron más de 10 iglesias en el Alto Valle, en la Cordillera, en otras provincias y hasta en África.
Hoy estamos aquí para inaugurar este nuevo auditorio, con capacidad para recibir 4000 personas, y la verdad que está buenísimo. Este auditorio, que es el más grande de la Patagonia, que fue construido con el aporte de las familias de esta comunidad.
Esta obra es un peldaño más de los tantos que ha construido esta Iglesia por el bienestar de su comunidad, entre los que se encuentran una escuela con 1700 alumnos y una clínica con 30 especialidades. Es decir, antes de este auditorio ya habían hecho mucho por sus vecinos y lo hicieron sin esperar que nadie se los pidiera.
Esta celebración llega, además, en un momento muy especial para la fe en nuestro país, porque en los próximos días tendremos el honor de recibir al Papa León XIV, siendo la primera vez que algún sumo pontífice visita a la Argentina en casi 40 años.
En este sentido, lo esperamos con los brazos abiertos, dichosos de ser bendecidos con su presencia. No tengo dudas de que un acontecimiento de semejante trascendencia será motivo de inmensa alegría y enriquecimiento espiritual para los argentinos, además de una buena oportunidad para reflexionar sobre los valores judeocristianos que hemos decidido defender.Esos valores inmortalizados en las Sagradas Escrituras, que conforman la matriz cultural de Occidente y que nos unen con mucha más fuerza que aquello que quizás pueda separarnos. Y ya que estoy en un público que conoce las Escrituras, hoy me voy a permitir uno de mis placeres, que es exponer acerca de los fundamentos morales que subyacen a la acción de nuestro Gobierno.
Ya he explicado en diversas ocasiones que nosotros aplicamos lo que yo llamo la moral como política de Estado. En pocas palabras, esto significa que tomamos medidas partiendo de lo que es justo y no desde lo políticamente conveniente, como nos ha acostumbrado la política tradicional a lo largo de la historia argentina.
Creemos firmemente que lo justo nos muestra también lo que es económicamente eficiente e incluso lo que a largo plazo es más políticamente provechoso. Por otro lado, la política que durante tantos años ha llevado nuestro país a la decadencia siempre parte de lo que a ella le conviene y luego, con mucha suerte, considera si es económicamente óptimo, y la justicia siempre queda relegada al último lugar.
Por eso, el camino de la justicia no siempre es fácil. Muchos hablan de justicia, pero no todos la practican. Pero nosotros sabemos que la verdadera justicia conduce inexorablemente a buenos resultados y la verdadera justicia consiste en respetar nuestros valores morales, que son los valores judíos cristianos, es decir, son los valores que nos ha dictado el Uno.
Respetar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad a rajatabla es justicia. Ese es nuestro norte.
Pero este camino es arduo, porque es sencillo decirlo, pero muy difícil hacerlo. Respetar estos derechos requiere perseverancia, paciencia y convicción, aún cuando el camino se vuelve cuesta arriba. Pongamos por ejemplo el equilibrio fiscal, que es una de las banderas de nuestro Gobierno. No es justo que el Estado gaste más de lo que recauda y le pase la factura a las siguientes generaciones con deuda o a los más vulnerables con inflación. Esto en verdad, independientemente de que el Estado recaude demasiado y que estamos comprometidos con bajar impuestos en la medida que el equilibrio lo permita.
Es sencillo decir que hay que tener las cuentas en orden, pero las presiones para no hacerlo son enormes. Todos quieren más recursos, todos quieren una porción mayor de la torta y usan todos los medios a su alcance para obtenerla. Lo más sencillo es ceder ante esas presiones y venderse como los buenos de la película, pero cualquier alternativa que implique ceder es injusta y destruye la economía. La injusticia es fácil, tentadora, pero conduce a la destrucción. Por el otro lado, lo justo es complejo, demandante y requiere de aferrarse al mástil de nuestros principios contra viento y marea. Pero vale la pena hacerlo porque sabemos que el camino de la política tradicional culmina siempre en un desastre, aunque sea presentado como sencillo y placentero.
La Biblia lo dice claramente cuando, en el libro de Mateo, Jesús dice: «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan».
Los políticos tradicionales prometen soluciones fáciles justamente porque son populares, pero el paraíso de un día para el otro no existe y esa promesa siempre termina costando demasiado. Por ejemplo, cuando Satanás tentó a Jesús, hambriento en el desierto, le sugirió que convirtiera las piedras en pan. De aceptar, Jesús habría saciado su hambre, pero al mismo tiempo habría usado su poder por fuera de la voluntad de Dios. El demonio posteriormente le ofreció todos los reinos de la Tierra a cambio de que se arrodillara ante él, a lo que Jesús nuevamente se negó. De esta manera, vemos cómo el maligno ofrece siempre gratificaciones instantáneas, poder y lujos, pero esto siempre tiene un precio, que es la pérdida del alma, porque apartarse del camino de la justicia es apartarse del sendero que nos lleva a Dios.
Y claramente digo, Jesús esto lo plantea en términos retóricos y de manera abierta cuando dice: «¿Qué aprovechará el hombre si ganase todo el mundo y perdiere su alma?». Vaya pregunta y reflexión, ¿eh?
La política tradicional funciona de una manera similar: le ofrece a la gente un bienestar casi siempre transitorio y aparente a cambio de romper con sus valores. Les prometen bienestar a cambio de mirar para otro lado mientras se degradan las reglas que nos cuidan a todos. Esa es la gran trampa de la política y ese es el principio opuesto a la moral como política de Estado. Años y años de este tipo de promesas han resultado en un siglo de decadencia. Durante este período, la política se dedicó a acumular poder, prometiendo el cielo en la Tierra, dejando a su paso corrupción moral y miseria material. Este es el legado que hemos venido a revertir de una vez y para siempre.
Por eso, vale la pena analizar por qué tantas veces los seres humanos caemos en las redes del populismo, es decir, debemos preguntarnos por qué el camino que lleva a la perdición es ancho y recorrido por tantos de nosotros. Sucede que los humanos anhelamos esa inocencia perdida tras la caída y ansiamos recuperarla muchas veces a cualquier precio. Queremos, de forma genuina, volver a ese paraíso que la transgresión nos robó. Es precisamente de esa esperanza que se alimentan las promesas más peligrosas de la política.
En términos económicos, el paraíso era un mundo donde el hombre trabajaba en condiciones perfectas, con dotaciones absolutas, y tenía dominio sobre todas las bestias de la tierra. La vida era eterna, había plena certidumbre y no había escasez. Debido a todo esto, no había tal cosa como preferencia temporal, es decir, la diferencia de valor entre el presente y el futuro tenía cero. Así que el valor de la tasa de interés, es decir, el valor del tiempo, era cero en el paraíso. Las condiciones eran invariables y, por lo tanto, un bien en un determinado momento valía prácticamente lo mismo que ese mismo bien en cualquier punto del futuro.
Supongamos que necesitamos un martillo para poder trabajar. No me da lo mismo comprarlo hoy que comprarlo en un año, por lo que su valor presente es mucho más alto. En cambio, si tuviera infinitos martillos a mi alcance, me daría igual cuándo tomar uno. Eso fue al menos hasta la caída, producto del pecado. Adán y Eva son expulsados y allí nace para la humanidad la incertidumbre, el sufrimiento y la muerte, tal cual como lo expresa el Génesis: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado, pues polvo eres y al polvo volverás».
Volviendo al punto anterior, con la incertidumbre, el tiempo pasa a tener un valor y con eso nace el concepto de preferencia temporal, es decir, el valor del presente en relación al futuro. A mayor preferencia temporal, mayor valor del presente sobre el futuro y viceversa. De esta manera, si en el paraíso el valor del tiempo era cero, en nuestro mundo varía dependiendo de las condiciones de una sociedad dada. A mayores certezas políticas y económicas y a mayor profundidad del mercado, el precio del tiempo cae. Cuando sucede lo contrario, el precio del tiempo sube radicalmente y esto es precisamente lo que sucede con la tasa de interés: en aquellas sociedades más inestables tiende a ser mayor, mientras que donde hay paz y equilibrio tiende a disminuir.
Hans-Hermann Hoppe describió esto como el proceso de civilización, donde la preferencia temporal disminuye gradualmente gracias al crecimiento económico y el desarrollo de instituciones, la pacificación de la vida y el respeto por los derechos naturales. Sin embargo, hay otra forma de bajar la tasa de interés de forma artificial y sumamente transitoria. Esto se puede lograr falsificando el mecanismo a través del cual se ordenan las preferencias, es decir, mediante la emisión masiva de dinero.
Esta vía es muy tentadora porque le hace parecer a los hombres que están acercándose al paraíso cuando, en verdad, se los está conduciendo al infierno. Así, los gobiernos populistas emiten dinero para intentar cumplir con sus promesas imposibles y ganar poder en el proceso. Esto causa que, en apariencia, la tasa de interés baje y se genere una percepción de bienestar momentáneo, pero rápidamente este efecto sea eliminado por la inflación. El precio del tiempo subyacente a la sociedad se mantiene igual o empeora y desencadena un proceso de destrucción civilizatorio que lleva a la preferencia temporal.
Esto se muestra con una preocupación constante y generalizada por el presente y cuando todos están ocupados talando árboles para sobrevivir y nadie está preocupado por sembrar nuevos árboles para el futuro. Cuando esto ocurre, la sociedad colapsa y así los que prometieron el paraíso instantáneo nos terminaron conduciendo al infierno.
Esta situación es lo que yo llamo la falsificación económica del paraíso y lo que durante demasiado tiempo fue moneda corriente en la profesión económica. Los gobiernos, con el aval de muchos economistas, utilizan mecanismos financieros para desdibujar las condiciones reales de una sociedad y generar la apariencia de prosperidad cuando se la está conduciendo al infierno y se la está arruinando.
Pero ¿qué es el infierno en términos económicos? Es una sociedad que vive para el hoy, donde no existe mañana, donde se consume para sobrevivir, donde no hay industria ni hay comercio, menos aún crecimiento personal ni proyección profesional o familiar. Y en el infierno, el tiempo es pura y exclusivamente sufrimiento y el presente se impone absolutamente sobre el futuro y, por este motivo, en el infierno la tasa de interés es infinita y no existe crédito en ninguna medida. En La Divina Comedia, de Dante Alighieri, la puerta de entrada al infierno lleva inscripta una advertencia que dice: «Dejad toda esperanza, vosotros los que entráis». Esto es, en última instancia, el infierno: la falta de esperanza, de perspectiva de futuro. Es un presente que se vive como una desesperación constante y como condena.
Los argentinos conocemos bien ese infierno, lo vivimos con la inflación y justamente ese proceso económico sigue la lógica de la tentación. El Génesis comienza explicando que sólo Dios crea y al hombre lo crea a su imagen. Por eso, el ser humano también crea, emprende, produce, funda escuelas y levanta templos como este. El diablo, en cambio, sólo puede imitar y deformar. San Pablo advierte que Satanás se disfraza de ángel de luz. Su promesa de paraíso funciona siempre igual: toma algo perfecto, lo copia y lo va pervirtiendo hasta que el paraíso prometido termina convirtiéndose en infierno. En el Edén le prometió a Eva más de lo que ya tenía: «Seréis como dioses», y terminaron perdiendo el paraíso. Los de la escuela austríaca lo llamarían «se tentó con la fatal arrogancia».
La política populista hace lo mismo: toma un anhelo legítimo, el de vivir mejor, y lo deforma imprimiendo papel para aparentar riqueza, decretando subsidios para aparentar prosperidad, prometiendo paraísos para aparentar futuro, y el paraíso prometido siempre termina siendo el mismísimo infierno.
A todo esto, ¿qué es lo más cercano que podemos tener en este mundo del paraíso? Es una sociedad donde hay estabilidad intertemporal, donde el crédito permite trasladar consumo del presente al futuro o viceversa y que cada uno lleve adelante sus proyectos de vida. Una sociedad donde todos pueden innovar e invertir, donde hay un comercio libre y voluntario entre individuos que multiplique y potencie las capacidades humanas. En otras palabras, el paraíso al que aspiramos es un mundo en donde el proceso de civilización esté lo suficientemente avanzado como para permitir que la libertad de cada uno se exprese lo mejor posible. Pero con la libertad viene también la posibilidad de fracaso y del error. Este proyecto no desemboca en una utopía igualitaria, sino en una tierra en la que cada uno es dueño de su libertad y de los frutos que ella produce.
Algunos lograrán más, otros menos, pero todos vivirán vidas dignas basadas en el trabajo, la inversión y el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo. Y nadie quedará solo, porque una sociedad libre es también una sociedad que ayuda, como ustedes lo hacen cada día, porque cuando crece la riqueza también crece el altruismo y la generosidad.
Por este motivo, nosotros hemos elegido el camino de la moral como política de Estado, un camino que implica esfuerzo, pero que todo el tiempo vuelve sobre lo que es justo y que nos conduce paso a paso a reconstruir lo más posible este paraíso terrenal que anhelamos, porque es un camino que descansa sobre aquellos valores judeocristianos que dieron origen a Occidente y descansa también sobre una existencia acorde a lo que Jesús se refirió cuando mandó a las personas a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia. Repito: su justicia, para que luego las cosas materiales les sean añadidas.
Nosotros ya hemos cumplido con nuestras promesas y somos claros en lo que ofrecemos para un segundo mandato. No creemos en soluciones fáciles, no creemos en combatir el populismo con más populismo. Creemos en el proceso de visibilización, en hacer a la Argentina grande nuevamente desde la justicia y el respeto por los derechos naturales, es decir, el respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad.
Y creemos que este camino es el correcto, pero sabemos que depende de mostrarles a ustedes y a todo el resto de los argentinos la verdad de estas palabras. Queremos que puedan elegir entendiendo en toda su profundidad ambas opciones y queremos que el año que viene puedan elegir en paz.
La otra opción es todo aquello que durante el último siglo nos hizo desandar el proceso civilizatorio y nos dejó cada vez más cerca de la barbarie. Es el camino que nos llevó a tener un 70% de niños pobres, una inflación del 200% anual, corriendo al uno y medio diario, y un nivel de crédito inexistente. Hoy, desde nuestro Gobierno, estamos construyendo un edificio pensado para durar décadas. Estamos sentando las bases para el siglo de oro de la Argentina.
Y, en ese sentido, me acordé de las palabras de Jesús en la parábola de los dos cimientos. Jesús cuenta que dos hombres que construyeron su casa: uno, prudente la levantó sobre la roca; el otro, insensato, la levantó sobre la arena. La de la arena de siempre, la que se construye más fácil y más rápido, porque es sencillo sentar los cimientos. Pero cuando llegó la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos, solo quedó en pie la casa fundada sobre la roca. La otra cayó.
Esa es la Argentina que queremos construir: un país fundado sobre la roca de la justicia, la responsabilidad y el esfuerzo, que aguante las tormentas que vengan, porque ya sabemos cómo nos fue cuando le hicimos caso a los que edificaron sobre la arena de las promesas fáciles. Y, por ese motivo, hoy vine a decirles todo esto y agradecerles el trabajo que hacen por educar y aprender sobre estos valores, porque una ciudadanía con fe es una ciudadanía justa, comprometida con construir un futuro mejor. Por eso, que Dios los bendiga a todos, que la fuerza del cielo nos acompañe y ¡viva la libertad, carajo! Muchas gracias.
Extracto. El contenido pertenece a Casa Rosada.


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