Hace apenas una semana se cumplieron tres años del 7 de octubre del 2023. Ese día, la organización terrorista Hamas, aliada del régimen iraní, perpetró la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. Más de 1.200 personas fueron asesinadas, entre ellos varios compatriotas nuestros, y 251 fueron tomados como rehenes, de los cuales 21 eran ciudadanos argentinos. Pero lo más grave no fue sólo el crimen, fue la reacción de buena parte del mundo. En lugar de una condena tajante, asistimos a muchos actos de incomodidad, de prematuros llamados al diálogo con el mal, de justificaciones a la barbarie y de condenas preventivas al legítimo derecho de defensa de la víctima, es decir, el Estado de Israel. Todos lo vimos y es imposible de negar.
Y no sólo eso, sino que vivimos una ola renovada de antisemitismo, un antisemitismo que no fue orgánico ni espontáneo, sino que fue azuzado como parte de la propia estrategia de los enemigos de Israel. En todas las democracias occidentales se activaron mecanismos latentes de propaganda, listos para apropiarse de uno de los odios más antiguos de la historia. Y todo para defender los planes de los enemigos de Occidente.
El mensaje que esparcieron fue claro: Israel debe bajar sus armas, debe olvidar a sus caídos, olvidar a sus secuestrados y resignar su propia defensa para cuidar la imagen de los judíos en el mundo. Muchos se plegaron a esta campaña por ignorancia, otros por cobardía moral. Pero demasiados se plegaron a sabiendas de qué era lo que estaba pasando y qué era lo que estaban haciendo. Sabían que estaban jugando para uno de los lados y quisieron ocultar esa decisión detrás de un humanitarismo hipócrita.
Por eso, el antisemitismo en este nuevo mundo, en esta nueva era de la guerra contra el terrorismo y el conflicto global, ya no es el viejo odio que era. Hoy el antisemitismo es un arma más en el arsenal de los enemigos del Estado judío y también de todo Occidente, un arma diseñada para sembrar desconfianza en la población, desconfianza en sus vecinos, en sus conciudadanos, en sus jefes y en sus Estados. Por eso no es nada más ni nada menos que un arma apuntada hacia nosotros como Estados soberanos.
Y es también un arma diseñada para alienar, empequeñecer y marginar nuevamente a un judaísmo que desde Israel se opone con vehemencia a los ataques a nuestro modo de vida. Ese es el verdadero crimen del judío hoy, no podemos confundirnos. La verdadera razón por la que lo odian es porque abrazó a Occidente, porque formó un Estado, porque protege sus derechos y porque se niega a resignar estos ideales civilizatorios. Quieren hacer de él un ejemplo de qué pasa cuando alguien se opone a sus ideas barbáricas, pero no vamos a permitirlo.